lunes, 24 de marzo de 2014

Un lobo con piel de cordero



Mi papel como médico es hacer posible que Andile pueda volver a jugar a fútbol. Solía entrenar tres veces a la semana en Khayelitsha, uno de los municipios más grandes de Sudáfrica, con una extensión de kilómetros y kilómetros de diminutas casas de ladrillo intercaladas con chozas de hojalata y que está situado en los márgenes de Ciudad del Cabo. Tal como explica él mismo, era de esa clase de jugadores que no se matan a correr sin sentido detrás del balón; él prefería analizar el juego y hacer siempre esos pases decisivos que llevasen a su equipo a la victoria. Pero hoy, lo que Andile desea por encima de todo es poder correr, incluso sin sentido alguno -sentir su corazón palpitar con fuerza en su pecho, sentir sus pulmones como si estuvieran a punto de explotar por el esfuerzo realizado en el partido.

Pero Andile no puede andar ni 10 metros sin tener que agacharse para respirar. Sus pulmones están tan débiles que no puede ni siquiera reír. La tuberculosis le ha devorado.

La tuberculosis es una enfermedad muy antigua, que solía conocerse con el nombre de tisis, o consunción, y que acabó con la vida de Gustavo Adolfo Bequer, Miguel Hernández, George Orwell, Anton Chekhov, Franz Kafka, Simón Bolívar y Frédéric Chopin, entre otros muchos. Incluso hoy, la tuberculosis mata a 1,5 millones de personas cada año y se sitúa justo por detrás del VIH como la enfermedad infecciosa que causa más muertes en todo el mundo. Sin embargo, como hace medio siglo había prácticamente desaparecido en la mayor parte de los lugares con recursos, dejaron de desarrollarse nuevos medicamentos para tratarla.

Esta bajada de brazos ha provocado que esta enfermedad, que sin duda alguna es uno de los enemigos más temidos de la historia de la humanidad, haya dispuesto de tiempo suficiente para desarrollar nuevas formas de vencer a las defensas que se habían creado para combatirla. Hoy, casi medio millón de personas en todo el planeta están infectadas por cepas de tuberculosis contra las que los medicamentos existentes no pueden hacer nada. En Sudáfrica, el país donde trabajo, 15.000 personas fueron diagnosticadas con TB resistente a los medicamentos en 2012. La gran mayoría de ellas (hasta un 80%) la contrajo respirándola y sin darse cuenta.

Cuando enferman, vienen a verme a mí, a su médico, pidiéndome que les cure. Y cada vez que esto ocurre, yo no puedo evitar pensar que me equivoqué cuando decidí dedicarme a la medicina, que tendría que haber sido maestra de escuela o planificadora de urbanismo, o incluso ingeniera, qué sé yo... cualquier persona que se dedique a una de estas profesiones puede contribuir más que yo a cambiar la vida de estas personas.

Porque, como médico, ¿qué puedo decirles a mis pacientes?, ¿qué acabamos de celebrar la curación de Siyabulela, de 30 años, y que por tanto hay esperanza? Pues por un lado sí, pero por otra parte no puedo ocultarles que Siyabulela es sólo la cuarta persona que sale adelante desde que empezamos a tratar la tuberculosis extremadamente resistente a los medicamentos XDR (TB-XDR por su siglas en inglés) en Khayelitsha. De hecho, las otras tres personas que empezaron el tratamiento al mismo tiempo que él, hace ya tiempo que murieron.

No puedo soportar mirar a alguien a los ojos y decirle que no puedo darle mejores probabilidades de supervivencia que las que obtendría con la tirada de un dado. Si sale seis, vivirás. Si no, estarás muerto antes de dos años. En Sudáfrica, con el régimen de tratamiento actual, únicamente se curan un 13% de los pacientes con TB-XDR.

Después de decirle cuáles son sus remotas probabilidades de supervivencia, me toca informarle de que para agarrarse a esa pequeñísima ventana de esperanza, tendrá que soportar dos años de un complicado y duro tratamiento. "Durante por lo menos seis meses, tendrás que someterte a inyecciones diarias que te causarán un dolor tan grande que no te permitirá ni sentarte. Esos mismos medicamentos que te inyectaremos podrían dejarte sordo de por vida. Las alternativas de que dispongo para luchar contra la TB resistente a los medicamentos son tan limitadas que me podría ver forzada a recetarte algún otro medicamento que podría hacerte perder la cabeza, fármacos que podrían llegar a provocar la aparición de episodios sicóticos agudos que te harían ser un peligro para ti mismo".

Y para colmo, tengo que explicar a mis pacientes que hasta que pasen esos dos años no sabrán si todos esos esfuerzos y penurias habrán valido la pena, ya que "hasta entonces nunca sabrás si sacaste un seis cuando tiraste el dado".

Estoy harta y cansada de utilizar tiritas para tratar de cerrar heridas abiertas. ¡Dadme algo con lo que realmente pueda trabajar! ¡Dadme algo que pueda salvar vidas!

Necesitamos un régimen de tratamiento contra la tuberculosis que sea totalmente nuevo. Un tratamiento que funcione realmente. Un tratamiento que no haya sido desterrado de la época obscurantista de la medicina moderna para ser reutilizado porque, bueno, al fin y al cabo es mejor que nada.

Pero bueno, seamos positivos y quedémonos con que en el fondo hay algo de esperanza, con que por fin hay algunos rayos de luz vislumbrándose en el horizonte. Por primera vez en 50 años, se están desarrollando nuevos fármacos para tratar la esta infección. Todos ellos por sí mismos representan grandes pasos adelante, pero no podemos olvidar que ninguno de ellos puede utilizarse de manear individualizada. La tuberculosis es tan poderosa que se necesita un cóctel completo de medicamentos para vencerla. Para mí está claro que la única forma de poder hacer frente al nuevo rostro de esta vieja enfermedad es encontrando nuevas combinaciones de medicamentos que sean simples, accesibles, y más tolerables que el tratamiento actual. Y también, cómo no, que éstas puedan implementarse rápidamente en los países donde la tuberculosis prolifera.

Pero para cuando ese sueño se materialice, ¿en cinco, siete, 10 años?, ocho de cada 10 pacientes que hayan pasado por mi consulta, que ven mi bata blanca de médico como un chaleco salvavidas al que aferrarse, estarán muertos y olvidados por todos, excepto sus familias y amigos que llorarán su pérdida en este, uno de los rincones más pobres del mundo.

Necesitamos que gobiernos, donantes, compañías farmacéuticas y centros de investigación vayan más allá y aúnen sus fuerzas para desarrollar un tratamiento combinado nuevo, más corto y más efectivo, que sirva para dar a todas las personas afectadas la oportunidad de curarse, la oportunidad de vivir. ¡Por favor, los que tengáis en vuestro poder el dar la vuelta a esta crisis, poned de una vez los medios para salvar hoy unas vidas que de otra forma se perderán mañana!

Y todos los demás podéis también aportar vuestro granito de arena firmando el manifiesto de MSF contra la TB-DR -elaborado por pacientes y médicos en la web que hemos creado a tal efecto: msfaccess.org/tbmanifesto. La petición apela al acceso universal al diagnóstico y al tratamiento de la TB-DR, a que se desarrollen mejores regímenes de tratamiento y a que haya fondos disponibles para llevar a cabo estos programas.
  
La doctora Jennifer Hughes es la responsable médica de MSF en Khayelitsha (Ciudad del Cabo, Sudáfrica). La organización médico humanitaria trabaja en colaboración con el Departamento de Salud y con varios organismos locales para responder a la epidemia de tuberculosis resistente a los medicamentos.

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