miércoles, 2 de abril de 2014

Comer poco sí alarga la vida



Ahora sí. Tras demostrar durante años los beneficios de la restricción calórica en la longevidad de gusanos, moscas y ratones, se ha visto el mismo efecto en uno de los animales de experimentación más parecidos al hombre, el «macaco rhesus». El centro de investigación con primates de la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos, ha demostrado en un ensayo clínico con 76 primates que restringir en un 30 por ciento la ingesta diaria de calorías reduce la mortalidad y las enfermedades relacionadas con el envejecimiento, como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares. Los monos que comieron a su antojo multiplicaron por tres las posibilidades de enfermar y de fallecer.

Los detalles de este nuevo estudio se publican en la revista «Nature Communications».

Comer menos sin llegar a la desnutrición, es la única intervención que ha demostrado hasta la fecha que realmente prolonga la vida. Al menos, en el laboratorio. Esta certeza se ha asentado durante estos últimos años en estudios con especies alejadas de los humanos. Hasta que hace dos años el Instituto Nacional del Envejecimiento de Estados Unidos dio a conocer los resultados de un trabajo, realizado también con macacos durante 25 años de seguimiento. Para sorpresa de todos, concluyó que los monos que comían menos mejoraban su salud, pero no aumentaban su esperanza de vida.

25 años de estudio

Fue un jarro de agua fría para los entusiastas de la teoría de la restricción calórica. Esa decepción, sin embargo, se ha tornado ahora en entusiasmo. La Universidad de Wisconsin sí ha demostrado que la dieta mejora la esperanza de vida y lo ha hecho con una investigación similar: con macacos y de 25 años de duración. Los monos que, al llegar a la edad adulta, comieron un 30% menos vivieron más y mejor. Lo que demuestra lo importante que es en ciencia repetir los experimentos.

Basta con echar un vistazo a Canto y Owen, los dos monos de la fotografía que ilustran esta información (arriba) para saber que la teoría funciona. Canto tiene 27 y Owen, 29 el glotón, 29, pero parece que hay décadas de diferencia. El brillo de su pelo y la complexión muestran a un lozano Canto frente al avejentado Owen. Los análisis también demuestran que los monos que comieron sin control multiplicaron por tres el riesgo de enfermedad.

Ambos forman parte del grupo de 76 macacos que desde 1989 forman parte de este ensayo. Durante este tiempo, Owen comió todo lo que quiso, sin restricciones, mientras se reducía la comida de Canto. La dieta de este último empezó al cumplir los 7 años y se calculó reduciendo un 30 por ciento la cantidad que los primates solían comer a placer antes de empezar el ensayo. Hoy los resultados saltan a la vista. Los dos monos solo se llevan dos años, aunque parezcan décadas.

Ensayos con humanos

Riki Colman, otro de los autores del trabajo, piensa que esa puede ser la clave de la diferencia de resultados. «Ya sabíamos lo que comían nuestros monos y a partir de ahí calculamos la dieta. A los macacos del primer estudio se les estimó según una dieta diseñada por el Instituto de Envejecimiento.

Para Carlos López-Otín, de la Universidad de Oviedo, el trabajo avala una vez más la idea de que la restricción calórica sin malnutrición es una estrategia consistente para tener una mejor salud e incluso para alcanzar una mayor longevidad. No obstante, pide esperar a los resultados de trabajos semejantes que se están desarrollando con humanos. «Así podremos concluir con certeza que esta intervención nutricional genera un beneficio real para nuestra propia especie», apunta. De momento, como indican los autores los hallazgos del estudio con macacos no se puede elevar como una recomendación nutricional general para vivir más y mejor.

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