martes, 20 de mayo de 2014

Implante coclear antes del primer año de vida



El 80 por ciento de las sorderas infantiles están presentes en el momento del nacimiento, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). De ahí la importancia de realizar un screening auditivo que permita a médicos y familiares dar el mejor de los tratamientos a los pequeños, y cuanto antes, para que su desarrollo no se vea afectado.

Entre las herramientas que hoy día existen, los implantes cocleares son la opción para el 40 por ciento de la población infantil con sordera profunda y severa bilateral (según el INE). Sin embargo, hay un límite de tiempo para que los resultados sean los óptimos. Y siempre debe ir acompañado de un periodo de rehabilitación y de logopedia.

La clave del tiempo

Mientras que algunos expertos sostienen que a partir de los seis años ya es demasiado tarde, otros consideran que, más que de la edad, «depende de la etiología de la sordera y del tiempo de privación auditiva, por eso en los adultos es necesario seleccionar muy bien a los candidatos», especifica Gracia Aranguez, coordinadora del Programa de Diagnóstico Precoz de Hipoacusia Infantil y de Implantes Cocleares del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid, y miembro del Servicio de Otorrinolaringología del mismo centro.

En lo que todos coinciden es en que el primer año es crucial. «En las hipoacusias congénitas, genéticas o no genéticas, es mejor realizar el implante al año de vida, pues la plasticidad neuronal es óptima», añade Aranguez. El cerebro es más sensible a la estimulación auditiva y al aprendizaje del lenguaje. «Eso sí, siempre que haya nervio auditivo».

Por su parte, Christopher Halpin, profesor de Otorrinolaringología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, añade que «los niños emplean todos los sentidos que tienen para aprender, particularmente el lenguaje. Y se ha demostrado que los pequeños que nacen sordos pueden obtener un beneficio muy positivo de los implantes y con frecuencia terminan integrados en colegios ordinarios».

Aprovechar capacidades

Lo mejor para conseguir un resultado óptimo es implantar de forma temprana «para aprovechar las capacidades que tienen para el aprendizaje. Después de los tres años, se hacen más bien adultos y aprenden peor, por lo que la opción de implantar debe tomarse con más cuidado. Los padres tampoco toman una mala decisión si deciden operarle más tarde, pero deben saber que es más difícil y que no pueden esperar que se cumplan las mismas expectativas que con los niños implantados con un año de edad», continúa Halpin.

De hecho, un estudio publicado en el «Journal of the American Medical Association» (JAMA), realizado por la Universidad John Hopkins, se convirtió en el primer ensayo en valorar el éxito de estos dispositivos. El trabajo duró tres años y en él participaron cerca de 200 niños implantados antes de cumplir cinco años, que fueron comparados con un grupo de oyentes. Los menores sordos fueron divididos según la edad de la intervención quirúrgica: con menos de 18 meses, entre los 18 meses y tres años, y niños mayores de tres años.

Tras analizar la comprensión que tenían del lenguaje, llegaron a la conclusión de que «aunque los conocimientos lingüísticos de todos los menores estudiados mejoraron, lo cierto es que el desarrollo del habla fue más positivo a edades más tempranas», comentaron los autores del trabajo. Asimismo, aquellos que recibieron el implante con más de tres años mostraron lagunas en el lenguaje que correspondían a la duración del retraso a la hora de ser operados.

Halpin opina que, «a medida que la persona sorda crece, el beneficio disminuye, ya que aprende otras formas de comunicación y otro idioma, como la lengua de signos (cuya estructura gramatical es diferente), y es más complejo que aprenda luego la estructura y la gramática del lenguaje oral».

Gracia Aranguez especifica que en adultos «o incluso en los adolescentes, por ejemplo, ya han pasado la etapa de plasticidad neuronal. Hay que tener en cuenta criterios, tanto audiológicos como quirúrgicos, psicológicos y lingüísticos. Si con 16 años no tiene un lenguaje verbal, es difícil que lo adquiera. Las expectativas del paciente hay que adecuarlas a la realidad, según la etiología y el tiempo que lleva sin oír».

Lo que hacen estos implantes es conducir la estimulación eléctrica al cerebro, pues «es ahí donde se produce la audición, no en el oído». Pero esta intervención es irreversible, esto es, «el oído es destruido cuando se coloca el implante, por lo que el resultado esperado debe ser claramente mejor de lo que sería con el oído natural. En estos momentos, el test de medición es que, si puede entender el 60 por ciento de las palabras con su oído natural, entonces el implante no es la mejor opción. Sin embargo, si la mejor audición natural es del 20 por ciento, las probabilidades de éxito del implante son mucho mayores», dice Halpin.

Por su parte, la experta del hospital madrileño matiza que «los nuevos implantes siguen la línea de preservar los restos auditivos del paciente, no son lesivos con la cóclea. Así, por ejemplo, en un supuesto de una persona implantada a la que no le funciona bien el aparato por un fallo del sistema, se le podría quitar y volver a poner otro».

Por otro lado, la experta aclara que «si la patología va más allá porque no existe nervio auditivo, no se coloca un implante coclear, sino de tronco cerebral, una intervención en la que se está trabajando, pero que aún no está protocolizada y cuyos resultados han sido menores».

Para los padres, la mayor preocupación es que a su hijo le hagan las pruebas pertinentes para saber si padece o no sordera y de qué tipo es. Hoy, «todas las comunidades autónomas tienen un programa de screening auditivo. A los seis meses de vida, si el bebé nació sordo, ya debe tener un diagnóstico claro y haber iniciado el tratamiento correspondiente, ya sea mediante implante, audífono (ambos con su respectiva rehabilitación y logopedia) o bien la combinación de ambos», dice Aranguez. Entre las pruebas que se realizan a los pequeños se encuentran las emisiones otoacústicas y los potenciales auditivos evocados del tronco cerebral. Ambas suelen llevarse a cabo entre las 12 y las 48 horas desde el nacimiento del bebé. La primera prueba consiste en colocar un adaptador en el conducto auditivo que emite sonidos y recoge las respuestas que se generan en la cóclea. Para la segunda prueba de los potenciales evocados, se colocan sensores en el cuero cabelludo del bebé, y se recoge la actividad eléctrica que hay en el oído y en el cerebro en respuesta a estímulos sonoros que se emiten desde unos auriculares.

Indicaciones emergentes

Tal y como han señalado los expertos, el implante es la opción cuando se trata de sordera severa o profunda bilateral y hay nervio auditivo. No obstante, «hay indicaciones emergentes, como que por un oído la sordera sea profunda, y por el otro, sea sordera moderada», añade Aranguez.

Pese a que la Sanidad Pública cubre los implantes «lo que cuesta es su mantenimiento, y cada comunidad autónoma tiene diferentes condiciones de renovación, por eso luchamos para que tengan implantes bilaterales si lo necesitan, ya que es lo más natural», continúa Aranzguez.

Muchos se preguntan cómo se sabe que el niño oye bien con el implante si hasta ahora nunca había oído. «Los adultos dicen que oyen un sonido metálico. Los niños tal vez no saben explicar cómo oyen, pero lo cierto es que hablan como los niños oyentes (tienen una buena prosodia del lenguaje), a diferencia de otras personas sordas no implantadas, cuya voz es bastante más gutural», concluye Aranguez.

Tronco cerebral

Pese a que hoy en día no está protocolizado y aún se muestran cautos con los resultados que ofrece, hay situaciones en las que el implante de tronco cerebral es la única opción. Así, en el Hospital Gregorio Marañón practicaron esta intervención en una niña de dos años que nació sorda por ausencia de nervios auditivos, y seis meses después ya era capaz de percibir sonidos. Era la única opción para que pudiera oír, ya que ni audífonos ni un implante coclear hubieran resuelto su problema debido a la interrupción de la vía auditiva a través del nervio.

La cirugía consiste en la implantación de una placa de electrodos en el tronco cerebral para dar continuidad a la vía auditiva. Con la implantación de los electrodos se logra que el impulso eléctrico llegue al córtex. Al mismo tiempo se coloca un aparato receptor-transmisor en la cabeza del paciente, de forma subcutánea. El receptor capta el sonido de otro dispositivo colocado en el exterior de la cabeza de la paciente. Esta operación ya se había aplicado a adultos con sordera secundaria a la extracción de tumores del nervio auditivo.

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