viernes, 30 de noviembre de 2012

Conviviendo con nuestros «enemigos»



Un ejército microscópico nos rodea mientras estamos en el lugar de trabajo. Compartimos con ellos nuestra mesa y los transportamos de un lugar a otro. Su escritorio, por ejemplo, puede albergar la nada despreciable cantidad de 10 millones de microbios. Sí, ha leído bien. Es más, en su oficina se pueden contabilizar, por término medio, unos 135.000 microorganismos por centímetro cuadrado. Haga números y obtendrá una cantidad que sobresalta. Y, sobre todo, extraña si la comparamos con la menor cantidad de microorganismos presentes por término medio, unos 315, en el asiento del baño. La razón de esta desproporción es simple: los lugares que se suponen más sucios se limpian con mayor esmero, mientras otros en los que pasamos una buena parte del día se descuidan más de lo recomendable.

En cualquier caso, no pierda la calma ni vaya corriendo a reclamar a su jefe un «plus de peligrosidad». La buena noticia es que la mayoría de estos minúsculos «compañeros trabajo» son incluso más inofensivos que el resto de sus colegas. En realidad la mayoría de los 500 géneros hallados en los lugares de trabajo provienen de nuestra propia piel, la boca y la nariz (Streptococcus, Corynebacterium). Algo más preocupante es el hecho de que también aparezcan bacterias que viven en el tracto digestivo.

«No son patógenos y en caso de serlo, no son muy virulentos. Si a esto unimos que están en baja cantidad para producir una infección y que nuestro sistema inmune funciona bien, podemos concluir que la mayoría de los microorganismos encontrados en el trabajo no suponen un riesgo importante para nuestra salud», explica Germán Bou, jefe del Servicio de Microbiología del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña y miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (Seimc).

En general, sólo quienes tengan un sistema inmune más débil, pueden verse más comprometidos que el resto. «Hemos de ser conscientes de que vivimos rodeados de microorganismos, algunos beneficiosos y otros inocuos», resalta Bou:_«La flora intestinal o microbiota, nos protege de los gérmenes patógenos», ya que colonizan el intestino y evitan que los «gérmenes malos» entren. Parte de esta flora intestinal está presente también en nuestro lugar de trabajo.

Foco de transmisión

Pero tampoco baje la guardia confiadamente. No es que nos hayamos propuesto darle el día, pero sí que extreme las precauciones, en especial de cara a la temporada de catarros y gripes. Seguro que este dato sirve para ese propósito: según el doctor Charles Gerba, microbiólogo de la Universidad de Arizona (EE.UU.) y uno de los autores del estudio sobre las bacterias que encontramos en los lugares de trabajo, publicado en Plos One, «las superficies que toque cualquier persona que tenga la gripe o un simple resfriado se convierten en puntos de transmisión de gérmenes, porque algunos de estos virus sobreviven en ellas hasta 72 horas». De ahí que nuestros abnegados compañeros que vienen a trabajar con la gripe o el resfriado se conviertan en un foco de contagio mucho más temible que las inofensivas bacterias que caen desde nuestra piel al teclado del ordenador.

La silla es, con mucho, una de las superficies más contaminadas, seguida del escritorio, el teclado, el teléfono de su mesa, el móvil... Pero no son las únicas, allá donde pongamos la mano dejamos nuestra «huella microbiológica»: la fotocopiadora, el pomo de las puertas, en especial la del interior de la cabina del cuarto de baño; los botones del ascensor o incluso los de la relajante máquina de café que visita cuando necesita un respiro. Todos pueden ser un foco potencial de patógenos al acecho si previamente los ha tocado una persona con alguna infección respiratoria o digestiva.

Extremar la higiene

Se estima que el 60% de las infecciones más comunes están producidas por virus respiratorios y entéricos (del tracto digestivo). Y la mayoría de ellos se contraen en espacios cerrados. Teniendo en cuenta que para luchar contra estos patógenos no hay antibiótico que valga y que para muchos no existen vacunas, no nos queda otra solución que extremar al máximo las medidas preventivas si queremos evitarlos.

Prevención que puede ser tan sencilla como un «simple» lavado de manos, que reduce entre un 50 y un 65% la probabilidad de contagio. Una buena costumbre, la de lavarse las manos, en especial después de pasar por el baño, que, a pesar de sus beneficios, no han adquirido uno de cada cuatro de nuestros compañeros de oficina. Ni que decir tiene que menos aún son los que lo hacen después de limpiarse la nariz. Esto significa que con el informe que nos entregan puede pasarnos también algún «marrón» inesperado.

La secuencia es fácil de seguir: de los pomos de las puertas o los grifos, donde puede permanecer hasta tres días, un virus del resfriado puede llegar a las yemas de los dedos. Una vez en las manos, su camino hacia el interior del organismo es mucho más fácil a través de las ventanas naturales: la boca, la nariz o los ojos. No hacen falta muchos para provocarnos un buen «trancazo», ya sea en forma de catarro o de gripe.

No es de extrañar que algunas empresas hayan decidido tomar cartas en el asunto y hacer planes de «prevención de resfriados», que suponen un buen número de bajas imprevistas a lo largo del año. La compañía Kimberly-Clark ha puesto en marcha el «Proyecto lugares de trabajo saludables». El protocolo es bien simple:_agua y jabón, soluciones desinfectantes y toallitas húmedas para limpiar las superficies de trabajo. Esto unido a una concienciación de los empleados de la necesidad de seguir el protocolo reduce considerablemente las bajas por patógenos, aseguran.

Medir la cantidad de bacterias y virus que pululan por la oficina es sencillo. Un pequeño aparato permite medir la contaminación en unidades de ATP, compuesto presente en todos los seres vivos y residuos de alimentos. La cantidad de ATP puede ser usada como indicador del estado de limpieza de una superficie. Cuando esas medidas superan las 75 Unidades, hay que empezar a preocuparse por la limpieza del lugar donde trabajamos. Repetir la medición después de la limpieza con detergentes y desinfectantes da una idea de la reducción de «amenazas invisibles».

La «oficina» de los peques

La guardería, como muchos padres han podido comprobar, es un lugar en el que los patógenos circulan con rapidez. Hay que tener en cuenta que para los más pequeños no existen límites a la hora de interactuar con sus compañeros. Se chupan la mano y los juguetes que luego se intercambian; se frotan los ojos, tosen sin ningún reparo o se llevan el dedo a la nariz. Se autoinoculan con más facilidad que los adultos y no es de extrañar que cada semana vengan una variedad nueva de microorganismo que reparten generosamente entre sus familiares más directos. En especial entre quienes más tiempo pasan con ellos, como los abuelos.

En el top ten de los gérmenes que circulan a sus anchas en otoño e invierno, especialmente, está bien establecido, apunta el doctor Bou. A la cabeza están los virus respiratorios, que provocan catarros, y los Rota-adenovirus y cryptosporidiun (un parásito intestinal), que genera diarreas.

Lavarse las manos evita los contagios

Una de cada cuatro personas no se lava las manos con la frecuencia deseada, en especial después de ir al baño. Una práctica poco solidaria que favorece la transmisión de las infecciones más comunes, producidas por virus respiratorios y entéricos. Treinta segundos bastan para reducir a la mitad (entre el 50-65%) el contagio de estas patologías infecciosas. Ante esta eficacia, no es de extrañar que exista un día internacional del lavado de manos. A las veces que utilizamos el lavabo hay que sumar las que nos tocamos la cara, en especial, a la boca, como mínimo dos veces por hora. Con tanto trajín se explica que nuestras manos alberguen hasta 150 especies distintas de bacterias. Además estamos en contacto con superficies que han tocado otras personas o estrechamos su mano. Por eso lavarlas con frecuencia, en especial antes de comer es más que recomendable. No basta con mojarse las puntas de los dedos, sin enjabonarse, una práctica nada infrecuente al salir del cuarto de baño y un foco importante de de gérmenes, sobre todo en momentos en los que los patógenos intestinales estén en alza. Hay que mojarse las manos, «sin miedo» y ponerse jabón. Después hay que frotar bien las palmas entre sí y entrelazando los dedos. Los pliegues de la piel son lugares donde se refugian los microbios. A continuación se debe frotar cada palma contra el dorso de la mano contraria, entrelazando también los dedos en esta posición. No hay que olvidarse las yemas de los dedos, los pulgares, ni las muñecas. Después del enjuague con agua, lo mejor es secarlas con una toalla de papel. Los aparatos de aire caliente están desaconsejados porque favorecen la supervivencia de los patógenos. Y no está de más aplicarse una solución antiséptica, aconseja el doctor Bou.

Las oficinas de ellos, más contaminadas

En el estudio, llevado a cabo por el microbiólogo Charles Gerba en 90 oficinas situadas en tres áreas metropolitanas estadounidenses (Nueva York, San Francisco y Tucson), quedó claro también que los lugares de trabajo de los hombres albergan muchos más gérmenes. No conviene sacar conclusiones apresuradas de este dato y pensar automáticamente el aumento de microorganismos en su entorno se debe a una higiene más descuidada. Hay otra explicación alternativa más airosa y también bastante probable, como apuntan los autores del estudio. Los hombres por lo general son más corpulentos que las mujeres y, por tanto, la superficie de su piel es mayor y contiene mayor cantidad de bacterias, que luego pasan al entorno en el que trabajan. Lo mismo ocurre con las cavidades oral y nasal. De ahí que dejen una «huella microbiológica mayor».

Los más contaminados:

Teléfono, teclado y ratón

Estos tres elementos albergan un gran número de microorganismos. Es recomendable limpiarlas con frecuencia, porque las microgotas de saliva y secreciones nasales expulsadas al estornudar, toser o hablar, pueden quedar en ellos. Después de limpiarlos hay 5 veces menos patógenos.

Agua que no has de beber...

Algunas fuentes registran niveles de contaminación muy altos. Si tiene dudas sobre su limpieza no las utilice. Pueden ser un buen caldo de cultivo de bacterias y virus.

El móvil

Un foco importante, porque se sitúa cerca de la boca y la nariz. Hay que limpiarlo con frecuencia. En especial, cuando lo manejan los niños, el número de microorganismos aumenta.

Picaportes: de mano en mano

El picaporte es un buen lugar para los gérmenes. En especial el del cuarto de baño. El pomo del interior de la cabina tiene más riesgo. El del interior de la puerta de salida, después del lavado de manos, está más limpio que el de entrada.

Cuidado con los botones

Ya estén en el ascensor o en la máquina expendedora, son un foco potencial de contagios, en especial en temporada de catarros y gripes. No se trata de amargarle el tentempié ni el café de media mañana. Pero tenga en cuenta que antes de tomarse el sándwich que acaba de sacar no estará de más que se lave las manos...

Microondas

Microondas y frigoríficos, comunes en muchos lugares de trabajo, tampoco se libran de microorganismos. En especial los tiradores de la puerta son el lugar preferido. Sin contar que el interior del microondas, sin una adecuada limpieza, puede ser un buen caldo de cultivo.

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