jueves, 7 de noviembre de 2013

El autismo se «anuncia» en los primeros meses de vida



El autismo parece anunciarse en los niños entre los dos y seis primeros meses de edad. Así lo cree un equipo de investigadores del Marcus Autism Center del Hospital Infantil de Atlanta y de la Emory University School of Medicine identificar, en EE.UU. que aseguran que dichas señales se puede identificar antes de los seis meses gracias a una tecnología de seguimiento ocular capaz de medir la forma en la que los niños ven y responden a las señales sociales.

Los investigadores evaluaron mediante esta tecnología a un grupo de 59 bebés desde su nacimiento y aquellos que fueron diagnosticados de autismo mostraron una disminución de la atención en los ojos mayor que el resto ya desde los dos meses de edad. El estudio, que se publica en Nature, ha seguido a dos grupos de recién nacidos: uno con mayor riesgo de trastornos del espectro autista, debido a que tenían ya un hermano mayor con este enfermedad, lo que lo multiplica hasta casi por 20, y otro con un riesgo menor, con familiares de primer, segundo y tercer grado diagnosticados de autismo.

La relevancia del trabajo radica en que se ha podido controlar a los niños desde su nacimiento y durante los primeros seis meses. «Gracias a ello, hemos sido capaces de recopilar grandes cantidades de datos mucho antes de que los síntomas puedan observarse», apunta Warren Jones, autor principal del estudio. A los 3 años de edad, un equipo médico confirmó los diagnósticos y los investigadores entonces analizaron las diferencias que existían entre los diagnosticados y los que no. Y lo que encontraron fue sorprendente.

Sorprendente

«Vimos una disminución constante en la atención de sus ojos hacia otras personas ya desde el segundo mes y hasta el año de vida en aquellos niños que posteriormente fueron diagnosticados de autismo», explica el investigador Ami Klin, director del Centro de Autismo Marcus. Y dichas diferencias eran evidentes incluso en los primeros 6 meses de vida, lo que tiene profundas implicaciones para su tratamiento. «En primer lugar, estos resultados ponen de manifiesto que existen diferencias medibles e identificables presentes ya antes de los 6 meses de edad. Además, lo que se observa es una disminución en la capacidad de observación de los ojos con el tiempo, en lugar de una ausencia absoluta desde el principio. Ambos factores tienen el potencial de cambiar dramáticamente las posibilidades de estrategias futura para una intervención temprana».

Ahora bien, advierten, lo que ha visto en este trabajo no es posible verlo a «simple vista», sino que requiere una tecnología especializada y mediciones repetidas del desarrollo del niño a lo largo del mes. Por ello, los padres no podrían determinar si su hijo tiene esta alteración y no deben «preocuparse si su bebé no le mira a los ojos a cada momento», asegura Jones.

Explorar el entorno

Antes de que puedan gatear o caminar, los niños exploran el mundo de forma intensa a través de su mirada y así ven las caras, cuerpos y objetos, y también los ojos de otras personas. Esta exploración es una proceso natural y necesario del desarrollo infantil y por el que se establecen las bases para el crecimiento del cerebro .

Este trabajo es clave porque revela nuevos y desconocidos datos sobre el desarrollo temprano de esta discapacidad social. Porque aunque los resultados muestran que la atención a los ojos de los demás ya está disminuyendo desde el segundo o sexto mes en los lactantes diagnosticados posteriomente con autismo, lo cierto es que la atención a los ojos de los demás no parece estar totalmente ausente. Los investigadores especulan que si se logra identificar a los bebés a esta edad temprana se podrían plantear intervenciones que podrían reforzar los niveles de contacto visual que todavía permanecen presentes en los bebés. No hay que olvidar, afirman, que el contacto visual juega un papel clave en la interacción social y en el desarrollo, y en que en el estudio, aquellos bebés cuyos niveles de contacto visual disminuían con mayor rapidez también eran los que estaban presentaban un autismo más grave. Esta diferencia en el desarrollo temprano también ofrece a los investigadores una idea clave para futuros estudios.

«La genética del autismo han demostrado ser muy compleja. Cientos de genes pueden estar involucrados y cada uno juega un modesto papel en una pequeña fracción de casos, y contribuyen al riesgo de diferentes maneras en distintas personas», comenta Jones para quien estos datos revelan una forma en la que la diversidad genética puede convertirse en incapacidad en fases muy tempranas de la vida. «Nuestro siguiente paso será ampliar estos estudios con más niños y combinar nuestras medidas de seguimiento ocular con las medidas de la expresión génica y del cerebro crecimiento» .

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