miércoles, 11 de julio de 2012

¿Quieres que tu bebé duerma bien? Ojo con lo que comes


Una estadística reciente llevada a cabo en los Estados Unidos entre centenarios nos revela que el denominador más común por el que los entrevistados creían que habían alcanzado y superado este hito de longevidad se debía al hábito de dormir de manera habitual ocho o más horas al día. Esta opinión era mucho más prevalente y diferenciadora que otros factores como la dieta y la actividad física. Pero más allá del, todavía exclusivo, club de centenarios, la relación entre el descanso apropiado y la salud está consolidándose continuamente en base a los resultados de las investigaciones científicas llevadas a cabo en sujetos de todas las edades.
Quizá uno de los momentos de la vida en los que nuestro merecido y/o deseado descanso nocturno se ve más coartado y amenazado es cuando nos convertimos en nuevos padres y la exaltación inicial se torna en un estado continuo de agotamiento e insomnio forzado como resultado del primer choque intergeneracional entre los diferentes biorritmos y necesidades del bebé y de los nuevos padres. La magnitud del problema es tal que asociaciones de padres insomnes han aparecido incluso en los medios sociales de internet con el propósito de encontrar apoyo e intercambiar remedios para conseguir que el bebé adopte un comportamiento más en consonancia con los deseos y las necesidades paternas.
Como para tantas otras circunstancias de nuestras vidas y de nuestra salud, la mejor solución venga quizá de la prevención y más en concreto de manos de la nutrición. No, no estamos hablando de variar la dieta del bebé ya que las opciones no son ni numerosas ni recomendables, sino de la dieta de la madre antes y durante el embarazo.
A este respecto, estudios llevados a cabo por investigadores holandeses en una cohorte de más de 3.000 niños y publicados recientemente en la revista 'American Journal of Clinical Nutrition' y con anterioridad en el 'British Journal of Nutrition', han venido a demostrar que niveles bajos de ácido fólico (vitamina B9) en la madre antes de y durante el comienzo embarazo aumentan en casi un 60% los problemas emocionales y de comportamiento de la descendencia a los 18 meses y a los tres años comparado con niños cuyas madres tenían niveles apropiados de esta vitamina; añadiendo así soporte a otros estudios previos que habían asociado la dieta materna durante el embarazo con el comportamiento del bebé.
De hecho, el ácido fólico no es nuevo en los ámbitos obstétrico y preventivo, desde hace décadas se conoce la relación entre el déficit de ácido fólico y los defectos del tubo neural, por esta razón la recomendación en nuestro país, en el cual la suplementación de la cadena alimentaria con folato no es obligatoria como en Estados Unidos y Canadá, es la ingesta de un suplemento de 0,4 mg de ácido fólico al día a toda mujer que este planeando un embarazo y, además del suplemento diario, todas las embarazadas deberían consumir alimentos ricos en ácido fólico como los vegetales verdes, frutas, cereales, legumbres, levaduras, frutos secos e hígado.
Lo que estas investigaciones recientes aportan de nuevo es que una ingesta apropiada de folatos por parte de la madre puede tener beneficios más allá del reducto de las patologías graves y poco comunes como la espina bífida y otros desórdenes neurológicos profundos y afectan de manera generalizada el estado emocional y el comportamiento del recién nacido en un momento vulnerable y determinante de su existencia y que probablemente le marque para el resto de su vida. Aunque estas investigaciones no estaban diseñadas para definir mecanismos, es posible que los efectos observados sean debidos a cambios epigenéticos en el embrión y el feto provocados por la dieta materna.
En resumen, la mejor manera de que no perdamos el sueño por las emociones y el comportamiento de nuestros hijos y quizá así convertirnos en venerables y saludables centenarios, es proporcionales desde la concepción con un ambiente nutricional apropiado para su desarrollo óptimo tanto biológico como psicológico. Quizá ellos lleguen a agradecerlo con el tiempo, pero de seguro que nosotros nos lo agradeceremos a nosotros mismos.

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